

Hoy, 2 de diciembre, se conmemora el Día Internacional para la Abolición de la Esclavitud. Una fecha incómoda, porque desmonta la idea de que la esclavitud es un capítulo cerrado de la historia. No lo es. Se transforma, muta, se esconde tras otros nombres, pero sigue atravesando la vida de millones de personas.
Cuando hablamos de esclavitud en pleno siglo XXI, hablamos de explotación sexual, de trata con fines laborales, de servidumbre doméstica, de personas privadas de libertad bajo coacción por deudas impagables o amenazas que jamás deberían haber existido. No es una metáfora: es un sistema de violencia que se sostiene sobre vulnerabilidades creadas y aprovechadas.
En los últimos meses, España ha visto cómo se destapaban redes de explotación laboral y sexual en distintos sectores –incluido el trabajo agrícola, donde muchas temporeras se enfrentan a condiciones indignas y abusos que no deberían tener cabida en un país que presume de derechos laborales-. Estos casos no son excepciones aisladas. Son señales de un problema estructural y silenciado durante demasiado tiempo.
Desde el trabajo social sabemos que la esclavitud contemporánea se alimenta de la pobreza, de la irregularidad administrativa, del miedo, de la falta de alternativas reales y de la ausencia de recursos de protección que funcionen a tiempo. Sabemos también que no basta con indignarse: hacen falta políticas públicas decididas, formación especializada y mecanismos de detección que no sigan trasladando la responsabilidad a las propias víctimas.
Este día no es para generar culpabilidad, sino para abrir espacios de reflexión sobre cómo protegemos -o no- a quienes más expuestas están. La esclavitud no desaparece con declaraciones institucionales: desaparece cuando garantizamos derechos, cuando actuamos a tiempo y cuando el sistema deja de mirar hacia otro lado.
Desde el Colegio Oficial de Trabajo Social de Granada seguimos defendiendo una posición clara: ninguna forma de explotación puede normalizarse. Ninguna vida puede quedar atrapada en redes de violencia invisibilizadas. Y ningún sistema de protección puede permitirse caminar un paso por detrás del daño.
