

El proyecto Erasmus+ FRIDAS ha convertido estos días a Granada en un punto de encuentro europeo para pensar el trabajo social desde los derechos humanos. En ese contexto, el Colegio Oficial de Trabajo Social de Granada ha participado en las jornadas celebradas en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad de Granada, donde también hemos tenido la oportunidad de conversar con Andrea Bilotti, profesor asociado en la Università Roma Tre, trabajador social y una de las voces más autorizadas en el ámbito de la supervisión profesional.
Bilotti llega a Granada en un momento clave del proyecto, centrado en validar herramientas formativas, compartir experiencias internacionales y definir líneas de acción comunes. Pero su mirada va más allá del marco académico. Habla desde la práctica, desde la investigación y desde un proceso que en Italia ha llevado a convertir la supervisión en un derecho reconocido dentro del sistema de servicios sociales. “Durante mucho tiempo fue una práctica informal, dependiente de la cultura de cada organización. Hoy está reconocida como un nivel esencial de las prestaciones sociales”, explica. Un cambio que no sólo responde a reformas normativas, sino también a años de trabajo colectivo de la profesión para situar la calidad y la reflexión en el centro de la intervención.
Ese reconocimiento no es menor. Supone entender que la supervisión no es un complemento, sino una pieza estructural del sistema. No sólo mejora la intervención, sino que protege a quienes la sostienen. “No es una solución única frente al burnout, pero sí una herramienta fundamental para evitar el aislamiento y sostener a profesionales que trabajan en contextos complejos”, señala. La clave, insiste, está en que sea estable, continuada e integrada en el trabajo cotidiano.
En ese sentido, Bilotti rompe con una idea todavía extendida: la de la supervisión como mecanismo de control. “El riesgo existe, pero se evita si se define bien su función”, apunta. Para ello, plantea tres condiciones claras: separación de los roles jerárquicos, claridad en los objetivos y una cultura organizativa orientada a los derechos. Porque cuando la supervisión se desvirtúa, pierde su sentido. Pero cuando se construye como espacio ético y profesional, refuerza la responsabilidad y mejora la calidad de los servicios.
La conversación también aborda una cuestión especialmente relevante para el contexto español: quién debe supervisar. Aquí, Bilotti es tajante en un punto clave: no hay atajos. “No se puede elegir entre experiencia o formación. Tiene que ser una integración de ambas”, afirma. A la experiencia profesional se suma la necesidad de una formación específica en análisis de la práctica, gestión de grupos y lectura organizativa. Y añade una tercera dimensión, menos visible pero central: la capacidad de posicionamiento crítico. “El supervisor no trabaja sólo sobre los casos, sino sobre los contextos”, resume.
Desde esa perspectiva, la supervisión adquiere una dimensión claramente política y ética. Se sitúa en el cruce entre las condiciones de trabajo, las estructuras organizativas y los derechos de las personas. Por eso, cuando se le pregunta por el futuro, Bilotti advierte frente a un exceso de burocratización. Apostar por regular sí, pero sin vaciar de sentido la herramienta. “Hay que evitar modelos rígidos que no funcionen en los contextos reales”, plantea, al tiempo que defiende garantizar condiciones básicas: tiempo reconocido, acceso real, calidad de quienes supervisan y claridad en su rol.
Su mensaje final conecta directamente con el espíritu del proyecto FRIDAS y con el momento que atraviesa el trabajo social en España. La supervisión no puede entenderse como un trámite más, sino como una inversión en calidad, en sostenibilidad profesional y en derechos. Una idea que, lejos de ser teórica, se está construyendo ya en espacios como el que estos días se ha abierto en Granada.
