

El último tramo del año volvió a situarnos en un lugar claro: el de la incomodidad necesaria. Octubre, noviembre y diciembre fueron meses para insistir en debates que siguen encontrando resistencias, pero que son centrales para una intervención social comprometida con los derechos y con la vida cotidiana de las personas.
En noviembre, en el marco del 25N, fuimos claras: un maltratador no es un buen padre. Lo dijimos sin rodeos porque la violencia machista no se suspende en el ámbito familiar ni puede maquillarse bajo la idea de una paternidad abstracta. Señalamos una vez más la violencia vicaria y la responsabilidad institucional cuando se anteponen derechos formales del agresor a la protección real de mujeres y criaturas. Nombrar esto sigue siendo urgente, porque el daño continúa produciéndose con aval institucional.
Durante estos meses también pusimos el foco en el edadismo. Denunciamos una discriminación estructural que atraviesa políticas públicas, discursos sociales y prácticas cotidianas, y que expulsa a las personas mayores de los márgenes de la participación y del derecho a decidir sobre sus propias vidas. Recordamos que envejecer no puede seguir siendo sinónimo de invisibilidad, tutela permanente o recorte de derechos.
Dimos espacio y visibilidad a las familias diversas, insistiendo en que no existe un único modelo legítimo de familia. Defendimos que los servicios sociales deben reconocer y acompañar esa diversidad sin prejuicios ni marcos normativos excluyentes, porque la realidad social va siempre por delante de los discursos que intentan reducirla.
Y cerramos el año volviendo a una reivindicación que atraviesa todo lo anterior: la necesidad de dotar de recursos suficientes a los servicios sociales y al sistema de dependencia. Señalamos que no puede hablarse de derechos universales mientras estos sistemas se sostienen desde la precariedad. Las trabajadoras sociales no pueden seguir siendo el parche estructural de políticas infradotadas, asumiendo cargas imposibles y sosteniendo el sistema a costa de su propia salud y estabilidad laboral.
Este último trimestre volvió a confirmar algo que ya sabíamos: el trabajo social no es neutral y no puede serlo. Termina el año y empieza otro, y lo hacemos deseando un feliz 2026, con la convicción de que seguiremos siendo un Colegio combativo, crítico y comprometido. Porque sólo desde ahí tiene sentido seguir.
