¿De qué cuidados hablamos cuando no se cuida a quienes sostienen la vida?

¿De qué cuidados hablamos cuando no se cuida a quienes sostienen la vida?

Cada 29 de octubre, el calendario internacional nos invita a “poner la vida y los cuidados en el centro”. Suena bien. Pero cuando miramos a quiénes están realmente cuidando- y en qué condiciones-, el discurso, se resquebraja. Detrás de esa consigna amable hay jornadas interminables, cuerpos agotados y una institucionalidad que descarga su deber sobre las espaldas de las mujeres.

Roxana Gutiérrez, de Nosotras-Granada, apunta a que resulta hipócrita celebrar un día internacional de los cuidados cuando “no se está cuidando a quienes están cuidando”. La frase resume una realidad: la vida de las cuidadoras sigue fuera del centro. Y sin embargo, sin su trabajo, la vida cotidiana de miles de familias simplemente se derrumbaría.

Roxana recuerda, desde su propia experiencia laboral y la de sus compañeras, que muchas mujeres que cuidan a personas mayores dependientes trabajan dieciséis horas diarias y, en demasiados casos, hasta veinticuatro, porque “ese tiempo está siendo voluntario”. Aunque en el mejor de los escenarios cobren el SMI, sólo se está remunerando una pequeña parte de esa jornada extenuante. A esto se suma el miedo permanente a acudir al centro de salud, caerse o enfermar. “El haberse caído y tener miedo a ir al médico porque le van a despedir” no es una excepción, es una forma de violencia estructural.

Estas cuidadoras sostienen la vida de otras personas renunciando a la suya. Están solas en hogares ajenos, lejos de su familia y de sus redes de apoyo, reorganizando incluso la vida doméstica de las familias a las que cuidan para poder descansar un mínimo. ¿Dónde está el cuidado de quienes cuidan? ¿Dónde está el reconocimiento de su salud física y mental? Roxana lo nombra con toda claridad: “Cuidar a una persona es cuidar una vida. Es lo más sagrado. Y si lo más sagrado se está tratando de esta forma, sin reconocimiento económico ni social, ¿de qué cuidados estamos hablando?”.

En este sistema, la desigualdad de género se entrelaza con el racismo institucional y con la desprotección rural. Se da por hecho que las mujeres, y especialmente las mujeres migrantes o de zonas rurales, “deben” cuidar. En el ámbito rural, muchas mujeres sostienen cuidados informales: de mayores, de personas enfermas, de nietos, sin salarios ni descanso. La Ley de Dependencia y la Ley de Simplificación administrativa promueven la concesión de ayudas económicas a familias cuidadoras, pero lo hacen trasladando la carga al ámbito doméstico, dejando el Estado de hacerse responsable y convirtiendo el cuidado en una tarea privada y feminizada. Una delegación silenciosa del bienestar común.

Esta política de «familiarización» del cuidado perpetúa la precariedad y normaliza que el trabajo de las mujeres en zonas rurales y migrantes sea la red invisible que evita el colapso.

Por eso, hablar de cuidados sin hablar de derechos laborales es encubrir explotación. Y hablar de cuidados sin hablar de las cuidadoras es una operación estética: palabras bonitas para esconder una estructura injusta. “Ahí sí podremos hablar de cuidados”, insiste Roxana, “cuando haya salarios dignos, derechos garantizados y reconocimiento real; cuando también nuestras vidas importen”.

En este escenario, el Trabajo Social es una pieza clave. Las trabajadoras y trabajadores sociales están en la primera línea del sistema de cuidados, acompañando, visibilizando y defendiendo los derechos de quienes cuidan y de quienes son cuidados. Sin su mirada integral y comunitaria, el cuidado se reduce a mera asistencia. El trabajo Social no solo gestiona recursos: garantiza derechos, articula redes, escucha y denuncia. Reivindicar su papel es reivindicar un modelo de cuidados público, justo y corresponsable, que no recaiga únicamente sobre las mujeres y las familias.

El Día Internacional de los Cuidados sólo tiene sentido si se convierte en un llamamiento político y colectivo. Poner la vida en el centro implica, de verdad, poner a las cuidadoras en el centro. Reconocer que el bienestar social se apoya en su trabajo y que no habrá cuidados dignos sin cuidadoras con derechos, sin trabajadoras sociales con recursos y sin un Estado que asuma su deber de cuidar.