

Hoy, Día Mundial de la Salud Mental, reivindicamos la importancia de garantizar este derecho desde un enfoque público, integral y comunitario. Un ámbito en el que las trabajadoras sociales sanitarias desempeñan un papel fundamental, acompañando, orientando y sosteniendo a las personas que atraviesan situaciones de sufrimiento psicosocial.
Desde los centros de salud hasta los hospitales, el trabajo social sanitario contribuye a que la atención en salud mental vaya más allá de los diagnósticos y los tratamientos médicos, abordando los factores sociales que influyen en el bienestar emocional: la vivienda, el empleo, los vínculos, los apoyos, las violencias o la soledad.
Pero también hoy queremos mirar hacia dentro. Porque las profesionales del trabajo social sanitario -y del conjunto de nuestra profesión- se enfrentan cada día a una presión emocional y estructural que tiene consecuencias directas sobre su propia salud mental. La falta de recursos, la sobrecarga de casos o la precarización del sistema generan un estrés difícil de asumir, incluso para quienes acompañan a otras personas a gestionarlo.
Cuidar la salud mental implica también cuidar las condiciones de quienes sostienen la red pública de cuidados. Y eso pasa, necesariamente, por reforzar los equipos, garantizar espacios de supervisión y reconocer el valor del trabajo social en la salud colectiva.
