

En estos días, la atención internacional vuelve a situarse en Palestina. La ONU y varios países anuncian su reconocimiento, presentándolo como un paso hacia la paz y la justicia. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿qué significa este gesto en pleno 2025, cuando Gaza continúa asediada, bombardeada y sometida a una violencia sistemática que lleva ya casi un año bajo la mirada impasible de esas mismas instituciones?
Resulta cínico que precisamente organismos y estados que participaron en el origen de la colonización de Palestina –como la propia ONU con el plan de partición de 1947 o el Reino Unido, potencia colonial que allanó el camino a la ocupación– se presenten hoy como garantes de derechos. Reconocer a Palestina después de décadas de silencio y complicidad no es un acto de justicia, sino un intento de limpiar conciencias mientras se sigue tolerando el genocidio en curso.
Este reconocimiento tardío no devuelve la vida a quienes han sido asesinadas, no repara la destrucción de Gaza ni pone fin al apartheid al que se enfrenta el pueblo palestino. No basta con declaraciones diplomáticas: la verdadera responsabilidad está en detener la masacre, romper relaciones con el Estado de Israel mientras persista en su violencia y garantizar el derecho al retorno y a la autodeterminación de Palestina.
Como trabajadoras sociales, no podemos dejar de señalar la hipocresía de estos gestos vacíos. La paz no se construye con resoluciones que llegan 80 años tarde, sino con justicia, memoria y reparación real.
