Infancia silenciada: la deuda de las instituciones

Infancia silenciada: la deuda de las instituciones

Una de las violencias más invisibles que sufren niñas y niños es la del silencio institucional. El sistema de protección, los servicios sociales e incluso la justicia rara vez escuchan de verdad a la infancia. Y ese silencio no es neutro: también es maltrato.

Escuchar a las criaturas supondría reconocer el daño que llevan años sufriendo, admitir que las instituciones no han sabido protegerles y asumir responsabilidades. Y eso es lo que falta: valentía institucional. Es más fácil culpabilizar a madres e hijos, acusarles de manipular o exagerar, que reconocer que el propio sistema ha sido cómplice del maltratador.

Cuando una niña o un niño no es escuchado, se perpetúa la violencia. Se les condena a crecer en la desprotección, a normalizar lo inaceptable y a cargar con las consecuencias de decisiones adultas que nunca tuvieron en cuenta su voz.

La infancia tiene derecho a ser escuchada y a que su palabra tenga peso real en los procesos judiciales, en la intervención social y en la protección. No basta con protocolos vacíos ni con declaraciones de buenas intenciones: es imprescindible transformar la manera en la que miramos, atendemos y acompañamos a las criaturas que viven violencia.

Cada vez que se ignora a la infancia, se legitima el poder del agresor y se vuelve a fallar en la obligación de proteger. Escuchar es proteger. Callar es perpetuar la violencia.