

Este mes hemos puesto el foco en la infancia y en cómo el sistema que debería protegerla falla una y otra vez. A través de distintas miradas hemos querido mostrar que la violencia hacia niñas y niños no sólo está en los hogares, también en las instituciones que no les escuchan, no les creen y, demasiadas veces, los dejan en desamparo.
Tres miradas para entender el fracaso del sistema
El espejismo de la protección: bajo la apariencia de un sistema de protección, lo que encontramos es un entramado que reproduce prejuicios y estereotipos. Cuando se cuestiona la figura paterna, la balanza se inclina en favor de mantener su autoridad, incluso por encima de la seguridad de la infancia.
La infancia silenciada: el silencio institucional también es maltrato. No escuchar a las criaturas significa perpetuar la violencia y condenarlas a crecer en la desprotección. Escuchar es proteger; callar es fallarles.
Infancia y trauma: lo que a menudo llamamos resiliencia es, en realidad, sobreadaptación a la violencia. Esa falsa idea invisibiliza el trauma y minimiza la necesidad de una atención terapéutica específica y con recursos propios para cada niña y niño.
La conclusión es clara: nuestro sistema no está garantizando una protección real a la infancia. Urge cuestionar los fallos estructurales, dejar de mirar hacia otro lado y construir un marco de protección que ponga en el centro las voces, las necesidades y los derechos de las criaturas.
Porque cada silencio institucional, cada recurso que no llega y cada escucha que se niega, perpetúa la violencia y convierte la promesa de protección en un espejismo. Y no podemos permitirlo.
