

El discurso oficial suele hablar de niñas y niños «resilientes» cuando atraviesan situaciones de violencia. Pero lo que realmente ocurre no es resiliencia, sino sobreadaptación a la violencia. Una sobreadaptación que nace de haber crecido en un ambiente hostil, de haber aprendido desde el minuto cero que el lenguaje cotidiano es el de la violencia.
Esa falsa idea de resiliencia es peligrosa. Porque lleva a pensar que la violencia no deja huella, que no es tan grave, que se puede naturalizar sin consecuencias. La realidad es otra: no hay violencia sin trauma. Y ese trauma en la infancia se manifiesta de maneras diversas, muchas veces incómodas o alejadas del estereotipo que tenemos de cómo debe comportarse una víctima.
Las criaturas que viven en entornos violentos desarrollan mecanismos de defensa para poder sobrevivir, y esos mecanismos son los que solemos confundir con fortaleza. Pero lo que esconden es el impacto profundo de una violencia normalizada, un daño que, sin atención específica, se perpetúa y puede resultar irreparable.
Por eso, como profesionales y como sociedad, tenemos que dejar de repetir que «si la madre está bien, la criatura estará bien». No es cierto. La infancia necesita atención terapéutica propia, especializada y con recursos suficientes. Su vivencia de la violencia es distinta a la de la madre, porque mientras ella se enfrentó a la violencia como adulta, las criaturas construyeron toda su manera de estar en el mundo bajo esa violencia.
El sistema de protección, en lugar de cuestionarse, sigue fallando en esta atención. Se minimiza el daño, se normaliza la sobreadaptación, se abandona a las criaturas a un silencio institucional que perpetúa la violencia. Y frente a esto, la exigencia es clara: escuchar a la infancia, reconocer el trauma y garantizar los medios para que sean verdaderamente protegidas.
