

Cuando hablamos de edadismo, solemos pensar en las personas mayores. Sin embargo, la juventud también sufre una discriminación silenciosa basada en estereotipos que la presentan como irresponsable, inmadura o despreocupada. Son prejuicios que condicionan su acceso al empleo, su participación social y la forma en que se les escucha -o no- en los asuntos públicos.
El relato dominante sobre la juventud se repite con demasiada facilidad en medios y conversaciones cotidianas: no se esfuerzan, no se implican, no valoran nada. Una imagen distorsionada que invisibiliza la precariedad, la falta de oportunidades, la inestabilidad en la vivienda o la dificultad de construir un proyecto de vida en un contexto social y económico cada vez más incierto.
El resultado es un edadismo que responsabiliza a la juventud de problemas estructurales y que limita su capacidad de decisión. Se infantiliza su voz en los espacios donde se toman decisiones políticas, se cuestionan sus capacidades profesionales y se les exige adaptarse a un mundo que no siempre les permite participar en igualdad de condiciones.
Defender a la juventud no implica idealizarla, sino reconocer su diversidad y su derecho a ser escuchada como parte activa de la sociedad. Significa garantizar que pueda acceder a recursos y oportunidades sin que su edad se convierta en un filtro o un obstáculo.
Desde el trabajo social reivindicamos la participación real de las personas jóvenes en la construcción del presente. No pueden ser sólo el futuro: ya están transformando nuestras ciudades, nuestras comunidades y nuestra forma de cuidarnos. Escuchar sus demandas y reconocer sus aportaciones es esencial para una sociedad que se quiera más justa y democrática.
Combatir el edadismo hacia la juventud es ampliar derechos. Es asumir que todas las edades cuentan y que el valor de las personas no depende del año de nacimiento, sino de la dignidad y la fuerza colectiva que aportan a la vida en común.
