La edad también cuenta: cómo se construye y se combate el edadismo

La edad también cuenta: cómo se construye y se combate el edadismo

El edadismo no surge de la nada. Se construye en la forma en que hablamos, en los discursos mediáticos, en los espacios que diseñamos y en las expectativas que ponemos sobre cada etapa de la vida. Es un reflejo de cómo nuestra sociedad valora -o devalúa- a las personas según su edad, marcando quién tiene voz, quién desaparece del relato y quién se percibe como carga o amenaza.

Basta mirar los medios de comunicación para entenderlo. Las personas mayores suelen aparecer ligadas a la dependencia o la enfermedad, y la juventud se representa como un grupo apático, desinformado o irresponsable. En ambos casos, los estereotipos borran la diversidad y reducen las experiencias vitales a imágenes simplificadas que acaban condicionando la mirada social.

Pero el edadismo también está en lo cotidiano: en los chistes, en las frases hechas, en la falta de espacios compartidos entre generaciones, o en la manera en que se asume que unas edades “ya no aportan” y otras “todavía no están preparadas”. Son formas sutiles de exclusión que se naturalizan porque no se reconocen como violencia.

Frente a eso, el Trabajo Social tiene mucho que decir. Porque el edadismo, como toda forma de desigualdad, puede transformarse si se hace visible. Pasa por revisar nuestras prácticas profesionales, los mensajes que transmitimos y los entornos que ayudamos a construir. Supone reivindicar el derecho a una vida plena en todas las edades, el reconocimiento de las capacidades diversas y la participación activa en la comunidad.

Combatir el edadismo no es sólo defender a las personas mayores o a la juventud. Es apostar por una sociedad que no mida el valor de las personas por su edad, sino por su dignidad y su aportación al bien común.