

Durante estas fechas se refuerza una idea concreta de familia, asociada a la pareja heterosexual, la convivencia estable y la biparentalidad. Sin embargo, la estructura de la atención social continúa operando desde ese mismo marco durante todo el año, tratando cualquier otra forma de organización familiar como excepción o como algo que necesita justificación.
Esta lógica se reproduce en categorías rígidas, formularios binarios y protocolos que no reconocen vínculos familiares diversos, especialmente cuando la familia se construye desde redes afectivas, compromisos no románticos o estructuras que rompen con la norma. La diversidad se menciona, pero no se incorpora de manera transversal en la intervención social.
Las consecuencias son claras y se intensifican en estas fechas: más obstáculos administrativos, desconfianza institucional, ausencia de referentes y una constante duda sobre la legitimidad de ciertos proyectos familiares. En algunos casos, esta falta de reconocimiento deriva incluso en miradas patologizantes hacia realidades que simplemente no encajan en el modelo dominante.
Cerrar este mes en el contexto de la Navidad nos obliga a ir más allá de los gestos simbólicos. La transformación pendiente exige revisar categorías, actualizar protocolos, formar a las profesionales y construir recursos que integren la diversidad familiar desde el inicio, sin convertirla en un añadido ni en un caso excepcional.
Pensar la diversidad de familias en estas fiestas es también una forma de preguntarnos qué sistema de cuidados queremos sostener. Uno que refuerce exclusiones o uno que reconozca, sin reservas, la pluralidad real de vínculos que conforman nuestras comunidades.
