

Hoy, 11 de febrero, se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Una fecha necesaria para reconocer una evidencia histórica: sin las mujeres, la ciencia no sería lo que es. Y, sin embargo, durante décadas -y todavía hoy- sus nombres han sido invisibilizados, sus aportaciones relegadas y sus trayectorias cuestionadas.
Las mujeres investigan, publican, lideran equipos y sostienen laboratorios, universidades y centros tecnológicos. Son mayoría en muchas aulas, pero esa presencia se diluye a medida que se asciende en la carrera académica. El conocido “efecto tijera” no es casualidad, sino la consecuencia de un sistema que sigue premiando trayectorias lineales, disponibilidad absoluta y redes de poder masculinizadas.
La precariedad es una constante. Contratos temporales encadenados, movilidad forzada, salarios bajos en etapas clave de la vida, dificultad para conciliar y una presión productivista que penaliza cualquier interrupción. A ello se suma el machismo estructural: menor financiación, menor reconocimiento, sesgos en evaluaciones, menor presencia en espacios de decisión y una constante necesidad de demostrar el doble.
Hablar de mujeres en la ciencia no es sólo celebrar referentes, que también. Es señalar las barreras que siguen operando y exigir políticas públicas que garanticen estabilidad, igualdad real y condiciones dignas. Es cuestionar los estereotipos que todavía alejan a muchas niñas de vocaciones científicas. Es asumir que el talento no tiene género, pero las oportunidades sí han estado históricamente condicionadas.
Reivindicar este día es, en definitiva, defender una ciencia más justa, más diversa y más democrática. Porque cuando las mujeres avanzan, avanza el conocimiento. Y cuando se derriban los obstáculos estructurales, gana toda la sociedad.
